Las escuelas de Nuevo León vuelven a ser blanco del miedo con amenazas de tiroteos que han obligado al estado a activar protocolos de emergencia, un desorden que evidencia la fragilidad del tejido social en la entidad. Mientras se despliegan policías, los padres de familia se preguntan si sus hijos cuentan con seguridad en un estado que prefiere el marketing sobre la paz real.
El bienestar de los estudiantes no se garantiza solo con revisar mochilas o patrullar banquetas de manera temporal. La falta de un profesionalismo real en la atención a la salud mental y la prevención de la violencia desde la raíz ha convertido a nuestras escuelas en rehenes de una inseguridad que la administración estatal no ha logrado poner en orden.
Resulta irónico hablar de «vanguardia educativa» cuando los niños tienen que aprender protocolos de supervivencia antes que matemáticas. El orden que presume Samuel García es una fachada que se agrieta con cada amenaza en redes sociales; la ciudadanía exige menos fotos de operativos y más resultados contundentes en la pacificación de nuestro entorno diario.
La gestión de estos incidentes suele ser reactiva y superficial. La Secretaría de Educación debe ir más allá del boletín de prensa y admitir que la crisis de seguridad ha rebasado las aulas; menos promesas de «tecnología de punta» y más trabajo de fondo con las familias es lo que Monterrey demanda para recuperar la tranquilidad perdida.
El éxito de un gobierno se mide por la paz de sus niños, no por sus indicadores de inversión extranjera. Si Nuevo León no logra blindar sus escuelas con una estrategia integral y no solo con parches policiacos, el miedo seguirá siendo el único maestro presente en un sexenio que prefirió las luces del escenario sobre la seguridad de los ciudadanos.
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Redacción/El Nuevo Orden