El gobierno de Nuevo León ha iniciado la «búsqueda» del origen del plomo en los niños de los CENDI, un trámite que llega tarde para quienes ya tienen el veneno en sus cuerpos. Mientras Salud analiza pinturas y juguetes, las grandes chimeneas del área metropolitana siguen escupiendo partículas sin un orden ni control real.
El bienestar de la infancia no se protege con investigaciones que parecen diseñadas para diluir culpas. Es poco probable que el origen sea un juguete de plástico cuando Monterrey vive bajo una capa permanente de smog industrial; buscar el culpable en el entorno doméstico parece una táctica para no tocar los intereses económicos.
El discurso de «modernidad» de Samuel García se vuelve cínico ante una realidad donde los niños crecen con metales pesados en la sangre. El orden ambiental en el estado es inexistente, y esta crisis de salud es solo el resultado de años de complacencia con las empresas que contaminan el aire y el agua de las familias regiomontanas.
La ciudadanía exige resultados, no solo promesas de investigación. La Secretaría de Salud debe tener el valor político de señalar a los verdaderos responsables, aunque sean sus propios patrocinadores, porque la vida de un niño vale más que cualquier indicador de crecimiento económico de la industria pesada.
Si la investigación termina culpando a la «falta de higiene» o a «pinturas viejas», quedará claro que el estado no tiene intención de limpiar Nuevo León. El plomo en los niños es una mancha que no se quita con boletines; es una señal de que el desarrollo industrial del estado se está construyendo sobre el sacrificio de la salud de las próximas generaciones.
Redacción/El Nuevo Orden