La cifra de 3,000 toneladas de llantas desechadas al año en Nuevo León es el retrato de un estado que presume modernidad, pero que no sabe qué hacer con su basura. Mientras el gobierno se distrae en giras internacionales, nuestras colonias y ríos se convierten en cementerios de caucho ante la mirada indiferente de la autoridad.
El bienestar de las familias se ve amenazado por incendios de llantas y nubes de mosquitos, problemas que el estado no ha querido resolver de raíz. La falta de un sistema de recolección eficiente no es una falla técnica, sino una falta de voluntad política para poner orden a un problema que crece cada año.
Es inadmisible que en la capital industrial del país no existan suficientes centros de acopio para neumáticos. El discurso verde de Samuel García se quema en cada incendio clandestino de llantas, demostrando que la protección ambiental es solo un accesorio publicitario de su administración.
La gestión de residuos requiere acciones, no solo planes a futuro. La ciudadanía exige que se dejen de lado los discursos de «economía circular» y se aplique la ley a quienes tiran miles de toneladas de neumáticos en la vía pública, afectando la salud de todos los nuevoleoneses.
El acumulado de 3,000 toneladas anuales es una bomba de tiempo ambiental. Si no se atiende este rezago de forma inmediata y transparente, seguiremos viviendo en un estado donde el progreso industrial se mide por el tamaño de sus basureros clandestinos de caucho.
Redaccón/El Nuevo Orden