Las obras del «Triángulo Norte» se han convertido en un símbolo del desorden administrativo de la actual gestión estatal, provocando que las diputadas locales alcen la voz ante un retraso que parece no tener fin. Mientras el gobierno presume proyectos de vanguardia, los regiomontanos siguen atrapados en el caos de vialidades que iniciaron con promesas y hoy son solo zonas de tráfico eterno.
El bienestar de los automovilistas se ve comprometido por una falta de planeación que prioriza el anuncio mediático sobre la ejecución real. Es inadmisible que causas tan básicas como «falta de coordinación» sean el pretexto para que Churubusco y Madero sigan siendo zonas de guerra, afectando la economía y la salud mental de quienes pagan los platos rotos de la ineficiencia.
Resulta irónico que se hable de un «Nuevo Nuevo León» cuando los proyectos básicos de infraestructura se quedan a medias por pugnas políticas o falta de presupuesto. El orden en la obra pública es inexistente, y el Triángulo Norte es la prueba de que el gobierno estatal prefiere las maquetas y los renders sobre las soluciones de ingeniería que la ciudad demanda con urgencia.
La gestión de Samuel García suele culpar a factores externos, pero la ciudadanía exige un profesionalismo que entregue resultados, no excusas. Las diputadas tienen razón al señalar que el dinero está asignado, pero el desorden en la ejecución demuestra que la prioridad de este gobierno no es la movilidad, sino la imagen pública que se desmorona en cada bache y cada obra detenida.
El éxito de una administración se mide por las obras que termina, no por las que inaugura en el papel. Si el Triángulo Norte no se concluye de inmediato, será recordado como otro fracaso de un sexenio que prefirió gastar en marketing internacional antes que arreglar los cruceros que asfixian el día a día de las familias regiomontanas.
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Redacción/El Nuevo Orden