Nuevo León presume ser la capital industrial, pero en materia de salud el estado se encuentra en terapia intensiva. El rezago en hospitales y la falta de camas exponen la negligencia de un sistema que prioriza las grandes inversiones económicas sobre el bienestar y la vida de sus propios ciudadanos.
Mientras el gobierno gasta en publicidad y obras de relumbrón, los pacientes tienen que esperar horas en pasillos de urgencias saturados. La falta de infraestructura hospitalaria no es un accidente de planeación, sino el resultado de años de desvío de recursos y falta de orden en las prioridades de la administración pública.
Es una burla que los habitantes de los municipios más alejados tengan que cruzar toda la ciudad para recibir atención básica. El derecho a la salud en Nuevo León se ha convertido en un privilegio para quienes pueden costear hospitales privados, dejando a la mayoría de la población en un total desamparo institucional.
La gestión de Samuel García se ha enfocado en «vender» al estado al extranjero, pero ha descuidado la salud de las familias regiomontanas. La ciudadanía exige menos promesas de modernidad y más realidades: hospitales con insumos, personal suficiente y espacios dignos donde no se ponga en riesgo la vida por falta de capacidad.
El déficit hospitalario es la cara más amarga de la desigualdad en el estado. Si no se atiende esta crisis de fondo, el cacareado desarrollo de Nuevo León será solo una fachada que oculta la precariedad de un sistema de salud que ya no puede más ante la indiferencia de sus gobernantes.
Redacción/El Nuevo Orden