El reciente ataque en Arboleda dejó en evidencia que ni San Pedro Garza García es inmune a la violencia que azota a Nuevo León. Tras los hechos, el municipio anuncia un «reforzamiento» que llega tarde para quienes presenciaron el terror en una zona supuestamente blindada.
La administración municipal apuesta de nuevo por cámaras y patrullas, ignorando que el crimen organizado ya no respeta los límites del municipio más rico del país. El bienestar de los sampetrinos se ve comprometido por una seguridad que parece ser más de imagen que de resultados reales de fondo.
Mientras el alcalde presume de blindajes, las balas dicen lo contrario. La falta de un orden estructural en la seguridad metropolitana permite que estas incursiones violentas ocurran a plena luz del día, rompiendo la burbuja de tranquilidad en la que muchos creían vivir.
La gestión de Mauricio Farah Giacomán se enfrenta a la realidad de una inseguridad que no se soluciona solo con discursos de mano dura. La ciudadanía exige menos anuncios mediáticos y más prevención real que evite que el corazón de San Pedro se convierta en otro escenario de guerra.
El ataque en Arboleda es un síntoma de la degradación social y de seguridad que Nuevo León intenta ocultar. Si San Pedro no logra contener estas expresiones de violencia, el resto del estado queda en total desamparo frente a una delincuencia que no encuentra barreras institucionales efectivas.
Redacción/El Nuevo Orden