Una vez más, el Barrio Antiguo se convierte en un laberinto de polvo y cierres viales. El anuncio de nuevas obras de «regeneración» llega en un momento de saturación vehicular, amenazando la tranquilidad de los vecinos y la supervivencia de los negocios que apenas se recuperaban de intervenciones anteriores.
El bienestar de quienes habitan y trabajan en el centro parece ser secundario frente a la necesidad de la autoridad de presumir «obra pública». Los cierres en calles clave como Morelos y Abasolo solo garantizan más tráfico, ruido y desorden en una zona que requiere soluciones de fondo, no solo parches en las banquetas.
El discurso de «revitalización» de Adrián de la Garza choca con la realidad de una movilidad colapsada en Monterrey. Mientras se cierran calles para embellecer la fachada, los problemas de inseguridad y transporte público en el primer cuadro siguen sin una política de orden real que beneficie al ciudadano común.
La administración municipal debe garantizar que estas obras no se conviertan en monumentos al retraso. La ciudadanía exige plazos claros y menos molestias, evitando que el Barrio Antiguo sea rehén de una planeación que parece privilegiar la estética sobre la funcionalidad diaria de los regiomontanos.
El costo del «progreso» en Monterrey lo siguen pagando los automovilistas y peatones atrapados en el caos. Si estas obras no vienen acompañadas de un plan integral de ordenamiento, el Barrio Antiguo seguirá siendo una joya histórica rodeada de baches, cierres interminables y una gestión urbana que no da resultados tangibles.
Redacción/El Nuevo Orden