Este sábado, las fuerzas armadas de Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva conjunta contra objetivos en Irán, en lo que ambos gobiernos describen como una medida para detener avances en capacidades consideradas amenazas para la seguridad global. Explosiones fueron reportadas en varias ciudades iraníes, lo que llevó a la declaración de emergencia en algunas zonas y al cierre de espacios aéreos en países vecinos.
La acción fue justificada públicamente por Washington bajo la premisa de que el programa nuclear de Irán representa un peligro inminente para Estados Unidos y sus aliados, tras años de tensiones, incumplimientos de acuerdos y negociaciones fallidas para frenar el desarrollo de tecnología nuclear susceptible de uso militar.
Irán respondió de manera inmediata con contraataques que incluyeron misiles y drones dirigidos tanto contra Israel como contra bases y barcos militares estadounidenses en el Golfo Pérsico, según reportes oficiales. Las acciones han provocado preocupación internacional sobre la posibilidad de un conflicto más amplio en la región.
La ofensiva ocurre en medio de un contexto de monitoreo nuclear complejo, donde la Agencia Internacional de Energía Atómica ha señalado que no puede verificar plenamente el estado del enriquecimiento de uranio en Irán debido a restricciones de acceso a instalaciones clave.
Analistas internacionales han advertido que el impacto político y militar de la operación podría ser profundo, afectando rutas comerciales estratégicas como el Estrecho de Ormuz y elevando el riesgo de una guerra de mayor escala.