Sam Raimi vuelve a hacer lo que mejor sabe: cine sin frenos. Con ¡Ayuda! (Send Help), el director retoma su identidad más reconocible para construir una comedia negra que parte de una premisa sencilla, pero termina convirtiéndose en una experiencia intensa, violenta y cargada de humor incómodo.
La historia arranca tras un accidente aéreo que deja varados en una isla desierta a dos personajes opuestos: una empleada constantemente subestimada y su jefe arrogante. A partir de ahí, la película escala rápidamente hacia una batalla física y psicológica donde las jerarquías se rompen y la supervivencia se vuelve un juego de poder.
Para los seguidores de Raimi, la cinta funciona como un claro ejercicio de fan service. El director recupera recursos clásicos de su estilo: planos holandeses, cámara inquieta, violencia corporal exagerada y un humor negro que no busca agradar, sino incomodar. Todo este despliegue visual sirve para satirizar las dinámicas del poder corporativo y exponer sus miserias desde la exageración.
Uno de los puntos más destacados es el trabajo de Rachel McAdams, quien ofrece una de las actuaciones más elogiadas de su carrera. Su personaje comienza como una figura torpe y aparentemente inofensiva, pero evoluciona hacia una presencia dominante y peligrosa. Dylan O’Brien funciona como el contrapunto ideal, interpretando a un jefe que, fuera de su entorno de control, se desmorona rápidamente.
En el terreno narrativo, ¡Ayuda! mantiene un pulso constante. Lo que inicia como una historia de supervivencia se transforma en una confrontación de voluntades cada vez más inquietante. La película no apuesta por el realismo, sino por el exceso, la tensión y la incomodidad sostenida.
En redes y foros, la conversación no ha tardado en crecer. Algunos espectadores comparan la cinta con Misery por su tensión claustrofóbica, mientras que otros encuentran ecos claros del espíritu de Evil Dead en su humor salvaje y su gusto por llevar la violencia al límite.
Veredicto: ¡Ayuda! no es una propuesta para todos los públicos, pero sí una experiencia contundente para quienes disfrutan del cine de género sin concesiones. Provocadora, caótica y con mucha personalidad, confirma que Sam Raimi sigue teniendo una voz propia… y muchas ganas de usarla.